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VIDA DE FRAY LEOPOLDO 

Su fama de hombre bueno y santo se extendió por toda España. Murió a los 92 años y fue beatificado en el
año 2010 en Granada.
 


LA PERSONA 
Nacido en el humilde hogar de unos labradores de la localidad malagueña de Alpandeire, la memoria de Fray Leopoldo no sólo se mantiene sino que se acrecenta en todo el mundo católico. Los cuarenta y tres años transcurridos desde su silenciosa desaparición han obrado justo al revés de como sucede habitualmente: el silencio se hizo comunicación. 

Fray Leopoldo de Alpandeire suscita favores (dicen sus devotos que es amigo atento de las zozobras de quienes a él dirigen oraciones y súplicas de amparo ante trances personales) y como sucede con las tradiciones heredadas de padres a hijos, su fama se abre paso hoy entre la juventud, fomentando un gran movimiento que trasciende lo puramente novelero. La sencillez de su modelo de existecia conventual y pública le acera a los primitivos frailes que siguieron a Francisco de Asís (1182-1236), a la Porciúncula. Entre lo contemplativo y activo, estamos ante una personalidad que hizo compatibles oración con trabajo y que encontró en las gentes, con las que a diario topaba en las calles, adecuada metodología y vereda para realizar su pastoreo evangélico en la urbe. 

De Fray Leopoldo ha escrito el vicepostulador, Fray Alfonso Ramírez Peralbo, que desde su noviciado no tuvo otra meta que aspirar a la santidad, respondiendo a la llamada de Dios siguiendo a Cristo pobre y crucificado a la manera de San Francisco de Asís, lo cual revela el grado de ascetismo incluso de mística franciscana, que impregnó su vida conventual desde el comienzo de su entrega a la causa de Dios.



NACIMIENTO Y JUVENTUD 

Francisco Tomás Márquez Sánchez, futuro Fray Leopoldo, nació el día 2 de junio de 1864, dos años antes de La Gloriosa, revolución de septiembre de 1866 que mandó al exilio a la reina Isabel II. Fueron sus padres Diego Márquez y Jerónima Sánchez, con escasa tierra y humilde vivienda en la localidad de Alpandeire, muy cerca de Ronda. Tuvo Fray Leopoldo otros hermanos. Ellos fueron Diego, Juan Migue y María Teresa, amén de otros fallecidos a tierna edad. Su hermano Juan Miguel encontraía la muerte. como tantos otros jóvenes en la época, durante la guerra de Cuba. 

Tomo de Fray Alfonso Ramírez Peralbo, un interesante párrafo acerca de los años de la niñez y juventud de Fray Leopoldo de Alpandeire: Entre los trabajos del campo, la vida familiar y de piedad y oración pasó los treinta y cinco años de su vida oculta mientras Dios lo iba modelando lenta y paulatinamente; disfrutaba socorriendo a los pobres. Se decía de él que ni aún de niño se cerró, egoísta, a la compasión. Repartía su merienda con otros pastorcillos más pobres que él, o daba sus zapatos a un menesteroso que los necesitaba, o entregaba el dinero ganado en la vendimia de Jerez a los pobres que encontraba por el camino de regreso a su pueblo. 

Marcado con la sabiduría de saber dar generosamente de lo suyo, aquellos oscuros treinta y cinco años fueron sin duda, decenios de preparación que abonarían su ingreso como capuchino en el convento de Sevilla. Fray Juan Bautista García Sánchez, en sus Florecillas a Fray Leopoldo de Alpandeire, comenta Francisco, fue a servir al Rey durante seis años a Málaga. Cuando regresa ha cumplido veintiséis años y tiene la alegría, un año más tarde, de recibir el sacramento de la confirmación de manos del obispo Marcelo Spínola Maestre el día 11 de septiembre de 1891. 

Había llegado el momento de echarse novia. Francisco se fijó en una vecina suya buena y trabajadora. Antonia Medinilla. Las conversaciones entre los novios se tenían en una ventana de la casa de la novia. El novio en la calle y la novia y madre desde la habitación, desde dentro. Los domingos salían a pasear por la calle principal del pueblo, que hacía de paseo. Estamos, según el testimonio citado, ante un campesino típico de la época que, recién cumplidas sus obligaciones militares, piensa ya en tener casa, vida y familia propias.



REVELACIÓN 

El acercamiento de Francisco Tomás a los capuchinos se produce de forma casual. Lo recuerda fray Alfonso Ramírez: fue a raíz de haber oído predicar a dos capuchinos en Ronda, con ocasión de las fiestas que tuvieron lugar en la ciudad del Tajo, en 1894, para celebrar la beatificación del capuchino Diego José de Cádiz, cuando Francisco Tomás decidió abrazar la vida religiosa haciéndose fraile. A aquellos predicadores comunicó su deseo de ser uno de ellos, pero tuvo que esperar algunos años, debido a ciertas negligencias y olvidos en los trámites de admisión. Estuvo esperando respuesta cuatro años, aunque su proverbial delicadeza le cohibía, en el verano de 1899 expuso a un sacerdote su problema. Éste se dirigió directamente al provincial de los capuchinos, fray Ambrosio de Valencia, y al fín, llegó la respuesta ansiada.



PRIMER CONVENTO 

El día 16 de noviembre de 1899 entra en el convento de Sevilla, en el que quedó bajo la tutela del maestro de novicios padre Diego de Valencia, a él debió (quizás porque el día anterior fue la festividad de San Leopoldo) su cambio de nombre. El 23 de noviembre de 1903 emite, en Granada, sus votos perpetuos. Vivió cortas temporadas como hortelano en los conventos de Sevilla, Antequera y Granada. En 1914, el 21 de febrero es trasladado definitivamente a la ciudad de la Alhambra, donde viviría el resto de su existencia. 

El retrato de Fray Leopoldo como limosnero capuchino queda esbozado admirablemente por fray Juan Bautista García Sánchez, que distingue dos etapas de su existencia limosnera. Una desde 1904 a 1936 en la que recorre prácticamente toda Andalucía, y otra desde 1936 a 1954, dos años antes de su muerte, a lo largo de la cual consolida su fama capuchina ante toda Granada. 

Lo describe con sandalias, un hábito pobre y descolorido, un manto hermano del anterior, unas alforjas y un bastón. Tiene ciertas reglas de urbanidad y preferencia. Lo primero que visita es la iglesia donde está el jubileo de las 40 horas. Allí reza un largo rato. Ha tenido también la preocupación de mirar antes de salir la página de las esquelas mortuorias y visita a aquellas familias rezando por el difunto y conformando a sus familiares. Sigue otra obra de misericordia, la de visitar a los enfermos. Pide por ellos y por la familia. Sigue sus reglas personales del ejercicio limosnero: no llegar a ninguna casa donde haya otro pobre pidiendo; no recibir nunca nada que exceda las posibilidades económicas de la familia; si lo que se ofrece es mucho o ya hay en el convento Fray Leopoldo lo desvia hacia otras familias o conventos necesitados. Fray Leopoldo adoraba a los niños y a su encuentro se disponía en cuantas ocasiones veía algún grupo de ellos jugando u ociando en la calle. A tanto llegó su fama de santo ya en vida, que las llamadas de teléfono al convento eran incesantes. Unas personas le solicitaban oraciones para familiares fallecidos o enfermos, otras reclamaban su presencia en cualquier hogar y las más, simplemente para que acudiera a sus casas para rezar juntos las tres avemarías que el buen Fray Leopoldo popularizó entre el pueblo.



DISIMULAR DOLENCIAS 

Desde los 80 años Fray Leopoldo comenzó a resentirse en su salud. Era lógico. Sin embargo siempre trató de ocultar ante sus hermanos y el propio pueblo los padecimientos que arrastró. Fray Alfonso Ramírez asegura: Padeció algunas enfermedades y dolencias, que él se esforzaba en ocultar y disimular, especialmente una hernia que le causaba agudos dolores y muchas molestias en sus caminatas de limosnero. 

El primer aviso público de su estado de salud fue a los 89 años, al caer por las escaleras sufriendo fractura de fémur. Fue en la tarde del día 9 de febrero de 1953. Curado y sometido a sesiones de rehabilitación ya no volvió a salir a la calle. A partir de dicho momento Fray Leopoldo vivió tres años de existencia dedicado a la oración en su convento grandino, donde murió a la edad de 92 años, el día 9 de febrero de 1956.